Podría parecer que la calma siempre es bienvenida. Pero para muchas personas que crecieron en entornos impredecibles o tensos, la calma no se siente como descanso. Se siente como la antesala de algo malo.
Si el cuerpo aprendió que la tranquilidad antecedía a una explosión, una crítica o una sorpresa desagradable, tiene sentido que hoy active alerta justo cuando todo parece estar en orden. No es que algo esté mal con nosotros. Es que el sistema nervioso sigue protegiéndonos de un peligro que, en este momento, ya no está presente de la misma forma.
Esto puede explicar por qué algunas personas buscan, sin darse cuenta, generar conflicto o caos cuando las cosas van bien. No porque lo disfruten, sino porque la calma les resulta más desconocida e incómoda que la tensión.
Aprender a tolerar la calma toma tiempo. No es un interruptor que se activa de un día para otro. Empieza por notar la sensación sin huir de ella, recordándonos, una y otra vez, que esta vez la calma sí puede ser solo eso: calma.
Con práctica, lo que antes generaba alerta puede empezar a sentirse, poco a poco, como un lugar seguro donde quedarnos.